ASEDIOS A LO INDECIBLE

ASEDIOS A LO INDECIBLE. SAN JUAN DE LA CRUZ CANTA AL ÉXTASIS TRANSFORMANTE

Editorial:
TROTTA S.A.
Año de edición:
ISBN:
978-84-9879-666-7
Páginas:
280
Encuadernación:
Rústica
Disponibilidad:
Disponible en 1 semana
Colección:
ESTRUCTURAS Y PROCESOS. FILOSOFÍA

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La experiencia mística, por ser un trance supralingüístico y suprarracional, que coloca al que lo experimenta más allá de las coordenadas del espacio-tiempo, es sencillamente imposible de expresar con el lenguaje humano. San Juan de la Cruz, posiblemente el más alto poeta de nuestra lengua, acepta el reto descomunal de intentar comunicarnos algo de su theopoiesis transformante através de las liras embriagadas del «Cántico espiritual», la «Noche» y la «Llama». Habla con iniciados (sobre todo, con iniciadas como Ana de Jesús y Ana de Peñalosa) porque sabe que sus interlocutores naturales son místicos como él, y les susurra, cómplice, en el Prólogo a la «Subida»: «sólo el que por ello pasa lo sabrá sentir, mas no decir». Estos contemplativos conventuales relativamente iletrados probablemente contribuyeron a darle a san Juan un sentido de libertad artística que era a todas luces insólito en el Siglo de Oro.
Este libro propone cerrar filas con aquellos primeros destinatarios enterados del santo, que aceptaron las liras revolucionarias en sus propios términos: como balbuceos espléndidos pero elocuentemente insuficientes en su intento de comunicar lo Indecible. San Juan establece una lucha sin cuartel con el lenguaje humano, que parecería se le quema entre las manos y se le queda siempre corto: tal es la magnitud del trance inenarrable que encarga comunicar a sus versos. Versos siempre fieles, et pourcause, al delirio poético del Cantar de los cantares. Y es que el poeta, que supo dirigir almas con la misma maestría sin par con la que supo escribir versos, sabía que habría de ser entendido sin escándalo por aquellos primeros receptores contemplativos a quienes había advertido magisterialmente: «Cuando el entendimiento va entendiendo, no se va llegando a Dios, sino antes apartando» («Llama», 3, 48).